Volumen V · Apéndice II
Capítulo 4
Sábado, 6 de diciembre de 1884
Primero la ciencia o primero Dios
SRI RAMAKRISHNA (a Bankim) — Algunos creen que si no se leen las escrituras, si no se leen libros, no se puede alcanzar a Dios. Creen que primero hay que conocer los asuntos del mundo y de los seres vivos, que primero hay que estudiar ciencia. (Risas de todos). Dicen que si no se entiende todo esto de la creación de Dios, no se puede conocer a Dios. ¿Tú qué dices? ¿Primero la ciencia o primero Dios?
BANKIM — Sí, primero hay que conocer unas cuantas cosas, los asuntos del mundo. Si no se tiene un poco de conocimiento de este mundo, ¿cómo vamos a conocer a Dios? Primero hay que estudiar y aprender.
SRI RAMAKRISHNA — Ahí están ustedes con lo mismo. Primero Dios, luego la creación. Si lo alcanzas a Él, podrás saber todo lo que haga falta.
«Si de un modo u otro logras conversar con Yadu Mallik, entonces, si lo deseas, podrás saber cuántas casas tiene, cuántos bonos de compañía, cuántos jardines; el mismo Yadu Mallik te lo dirá. Pero si no llegas a conversar con él y, al intentar entrar en su casa, los porteros no te dejan pasar, ¿cómo vas a saber con exactitud cuántas casas tiene, cuántos bonos, cuántos jardines? Conociéndolo a Él se conoce todo,1 pero entonces ya no queda el deseo de conocer cosas triviales. Esto también está en los Vedas. Mientras no se ve a una persona, se puede hablar de sus cualidades; pero en cuanto aparece, todas esas conversaciones se acaban. La gente se queda absorta con él, se extasía hablando con él y ya no habla de otra cosa.
»Primero la realización de Dios,2 luego la creación u otras cosas. A Valmiki se le dio el mantra de Rama para que lo repitiera, pero se le dijo: 'Repite »mara«, »mara«'. 'Ma' significa Dios y 'ra' significa el mundo. Primero Dios, luego el mundo; si conoces al Uno, lo conoces todo. Si después del 1 hay cincuenta ceros, resulta una cantidad enorme. Pero si borras el 1, no queda nada. Con el 1 hay mucho. Primero el uno, luego los muchos; primero Dios,3 luego los seres vivos y el universo.
»¡Lo que tú necesitas es alcanzar a Dios! ¿Por qué te ocupas tanto del mundo, la creación, la ciencia y todo eso? Lo que necesitas es comer mangos. ¿Qué te importa saber cuántos cientos de árboles de mango hay en el huerto, cuántos miles de ramas, cuántos millones de hojas? Has venido a comer mangos, así que come mangos y vete. El ser humano ha venido a este mundo para alcanzar a Dios. No es bueno olvidar eso y poner la mente en mil cosas distintas. Has venido a comer mangos, así que come mangos y vete.»
BANKIM — ¿Y dónde consigo los mangos?
SRI RAMAKRISHNA — Reza a Él con anhelo ardiente. Si eres sincero, Él te escuchará, seguro que te escuchará. Quizás te proporcione alguna compañía santa que te allane el camino. Quizás alguien te diga: 'Haz esto y aquello, y así alcanzarás a Dios'.
BANKIM — ¿Quién? ¡El guru! ¡Él mismo se come los mangos buenos y a mí me da los malos! (Risas).
SRI RAMAKRISHNA — ¡Pero hombre! A cada cual se le da lo que su estómago pueda digerir. ¿Acaso todos pueden digerir el arroz frito y el kalia? Cuando llevan pescado a la casa, la madre no les da a todos los hijos arroz frito y kalia. Al que está débil, al que tiene mal el estómago, le da caldo de pescado; ¿pero acaso por eso la madre quiere menos a ese hijo?
El camino para alcanzar a Dios: el anhelo ardiente y la fe de un niño
«Hay que tener fe en la palabra del guru. El guru es Satchidananda, Satchidananda es el guru; si se cree en su palabra —si se cree como un niño—, se alcanza a Dios. ¡Qué fe la del niño! La madre le dice: 'Ese es tu hermano mayor', y al instante lo da por cierto: 'Ese es mi hermano mayor'. ¡Una fe del ciento veinticinco por ciento, una fe absoluta y completa! Y eso que el niño quizás sea hijo de un brahmin, y el hermano mayor quizás sea hijo de un carpintero o un herrero. La madre dice: 'En esa habitación está el coco'. Y él tiene la certeza absoluta de que en esa habitación está el coco. Esta es la fe del niño; hay que tener esa misma fe en la palabra del guru. Con la inteligencia astuta, la inteligencia del contable, la inteligencia del que todo lo analiza, no se puede alcanzar a Dios. Fe y sencillez; no vale ser hipócrita. Para el sencillo, Él es muy accesible. Del hipócrita está muy lejos.
»Pero así como el niño se siente perdido si no ve a su madre, y si intentas distraerlo poniéndole sandesh y dulces en la mano no quiere nada, no se deja distraer con nada y dice: 'No, yo quiero ir con mi madre', así de ardiente tiene que ser el anhelo por Dios. ¡Ah! ¡Qué estado! ¡Cómo se vuelve loco el niño llamando: '¡Madre, Madre!'! ¡No se deja distraer con nada! Aquel a quien todos estos placeres y disfrutes del mundo le resultan insípidos, a quien ya nada le gusta —ni el dinero, ni el honor, ni los placeres del cuerpo, ni los placeres de los sentidos—, a quien nada le gusta, ese llama con sinceridad: '¡Madre, Madre!', y se llena de angustia. Y por él, la Madre tiene que dejar todo lo que está haciendo y venir corriendo.
»Este es el anhelo ardiente. Sea cual sea el camino que sigas —hindú, musulmán, cristiano, shakta, brahmo—, vayas por el camino que vayas, de lo que se trata es de tener ese anhelo ardiente. Él es el morador interno, y no hay culpa en equivocarse de camino, siempre que haya anhelo ardiente. Él mismo te vuelve a poner en el buen camino.
»Y en todos los caminos hay errores: todos creen que su reloj marca la hora exacta, pero ningún reloj la marca con exactitud. Pero eso no impide que la gente haga su trabajo. Si hay anhelo ardiente, se consigue compañía santa, y con esa compañía se puede poner el reloj bastante en hora.»