Volumen II · Sección II
Capítulo 4
Domingo, 11 de marzo de 1883
En la dicha del kirtan y en el templo del samadhi
Los devotos escuchan admirados esta doctrina del Avatar. Algunos piensan: «¡Qué maravilla! El Akhanda Satchidananda del que hablan los Vedas, que está, según los Vedas, más allá de la palabra y de la mente, ¡ese Ser se presenta ante nosotros hecho hombre de tres codos y medio! Puesto que Thakur Sri Ramakrishna lo dice, ciertamente ha de ser así. De no ser así, ¿por qué habría de entrar este gran hombre en samadhi diciendo “Rama, Rama”? Sin duda estaba contemplando la forma de Rama en el loto de su corazón».
Enseguida llegaron al jardín los devotos de Konnagar, cantando kirtan al son del khol y los címbalos. Manomohan, Nabai y muchos otros, cantando el kirtan del Nombre, se presentaron ante Thakur en aquella galería del nordeste. Thakur Sri Ramakrishna, ebrio de amor divino, cantó con ellos cantos devocionales.
Mientras danza, por momentos entra en samadhi. Entonces permanece de pie, inmóvil como una figura pintada, en medio del kirtan. En ese estado los devotos lo adornan con guirnaldas de flores, grandes y gruesas guirnaldas. A los devotos les parece que Sri Gauranga está de pie ante ellos, sumido en un profundo samadhi. Unas veces el Señor está en el estado interior, y entonces queda inerte, sin conciencia del mundo exterior, como una figura pintada. Otras veces está en el estado semiexterior, y entonces, poseído por el amor divino, se pone a danzar. Y otras veces, como Sri Gauranga, está en el estado exterior, y entonces canta himnos con los devotos.
Thakur está de pie, en samadhi, con las guirnaldas al cuello. Un devoto lo sostiene por temor a que caiga; a su alrededor, los devotos, de pie, cantan el kirtan al son de tambores y címbalos. La mirada de Thakur está fija. Su rostro de luna, teñido de amor, está vuelto hacia el oeste.
Los devotos contemplaron largo rato esta imagen de la dicha. Después el samadhi se disipó. Se había hecho tarde. Al cabo de un rato también cesó el kirtan. Los devotos se afanaron en darle de comer a Thakur.
Thakur descansó un momento, se puso una vestidura nueva de color amarillo y se sentó en el pequeño catre. Los devotos contemplaban la figura incomparable de aquel gran santo lleno de dicha, vestido de amarillo, resplandeciente, que deleitaba sus corazones. Sus ojos no se saciaban de contemplar aquella figura sagrada y cautivadora, difícil de alcanzar incluso para los dioses. Deseaban: «¡Quiero seguir viendo, seguir viendo; sumergirme en ese océano de hermosura!».
Thakur se sentó a comer. Los devotos también recibieron el prasad con alegría.