Volumen I · Sección XVIII
Capítulo 1
Martes, 27 de octubre de 1885
La dicha del bhajan — en el templo del samadhi
Son las cinco y media de la tarde. Hoy están presentes Narendra, el doctor Sarkar, Shyam Basu, Girish, el doctor Dokari, Chhoto Naren, Rakhal, M. y muchos otros.
El doctor vino, le tomó el pulso a Thakur y le prescribió la medicina.
Después de hablar sobre la enfermedad y de que Sri Ramakrishna tomara la medicina, el doctor dijo: «Bueno, habla tú con Shyam Babu; yo me voy».
Sri Ramakrishna y uno de los devotos dijeron a la vez: «¿Quiere escuchar un canto?».
DOCTOR — Es que tú te pones a dar brincos y saltos. Hay que contener el arrebato.
El doctor volvió a sentarse.
Ahora Narendra canta con voz dulce. El tanpura y el mridanga lo acompañan sin cesar. Canta:
(1) Maravillosa, sin límite, es la creación que has hecho,
el universo entero es morada de belleza.
Miríadas de estrellas brillan como collares de gemas y oro;
cuántas lunas, cuántos soles, y no tienen fin.
Resplandece la tierra, rica en riquezas y en granos; ¡ay, lleno está tu granero!
Oh Mahesha, innumerables gentes cantan sin cesar este himno: ¡bendito, bendito!
(2) En la densa oscuridad, oh Madre, resplandece esa masa de tu belleza.
Por eso el yogi, habitante de las cuevas de la montaña, se sumerge en meditación.
En el seno de la oscuridad infinita, en las olas del Mahanirvana,
el perfume de la paz eterna flota sin cesar.
Tomando la forma de Mahakala, vestida con un ropaje de oscuridad,
en el templo del samadhi, oh Madre, ¿quién eres Tú, sentada a solas?
En el loto de tus pies que disipan el temor brilla el relámpago del amor,
y en tu rostro de pura Conciencia resplandece una risa estruendosa.
El doctor dijo a M.: «¡Es peligroso para él!».
(Este canto no es bueno para Thakur; si le viniera el éxtasis, podría ocurrir un percance).
Sri Ramakrishna preguntó a M.: «¿Qué dice?». M. respondió: «El doctor teme que le venga a usted el samadhi».
Entretanto, Sri Ramakrishna ya ha entrado un poco en éxtasis; mirando al doctor a la cara, con las manos juntas, dice: «No, no, ¿por qué habría de entrar en samadhi?». Pero, mientras habla, se sumerge en un profundo samadhi. ¡El cuerpo inmóvil, los ojos fijos! ¡Sin habla! ¡Sentado como un muñeco de madera! Sin conciencia del mundo exterior. La mente, el intelecto, el ego y la sustancia mental, todo vuelto hacia dentro. Ya no es un ser humano. Mientras tanto, Narendra sigue entonando un dulce canto con su dulce voz:
¡Qué hermosa belleza es esta, qué rostro contemplo!
Hoy ha venido a mi casa el Señor del corazón; hoy se ha desbordado la fuente del amor.
Dime, oh Amoroso, esposo de mi corazón, ¿qué riqueza te ofreceré como don?
Corazón y vida, tómalos, tómalos Tú; ¿qué más he de decir?
Todo cuanto tengo, tómalo, oh Señor.
Canto:
¿Qué dicha hay en mi vida, oh Señor compasivo,
si la abeja de mi alma no permanece por siempre sumergida en el loto de tus pies?
¿De qué sirve un cúmulo incontable de riquezas,
si, habiendo obtenido esa riqueza, no se cuida con esmero la joya suprema?
No quiero contemplar el rostro de un hijo tierno,
si en ese rostro de luna no puedo ver tu rostro de amor.
¿Qué es la luz de la luna? Todo lo veo oscuro,
si cuando esa luna brilla no se levanta la luna de tu amor.
El amor puro de la esposa fiel también está manchado,
si en ese oro del amor no está engastada la gema de tu amor.
Como una serpiente de veneno agudo, me muerde sin cesar
la duda sobre Ti, si por el error de la ilusión, oh Señor, surge en mí.
¿Qué más he de decir, oh Señor? Solo a Ti te lo diré:
eres la joya de mi corazón, la morada de la dicha.
Al oír esta parte del canto, «El amor puro de la esposa fiel», el doctor, con los ojos llenos de lágrimas, exclamó: «¡Ah! ¡Ah!».
Narendra cantó:
¿Cuántos días faltan para que nazca ese amor?
Colmados mis deseos, pronunciaré el nombre de Hari, y de mis ojos correrá el torrente de lágrimas de amor.
¿Cuándo se purificarán mi vida y mi mente, cuándo iré al Vrindavan del amor,
se desatarán las ataduras del mundo y con el colirio del conocimiento se disipará la oscuridad de mis ojos?
¿Cuándo, tocando la piedra filosofal, mi cuerpo de hierro se hará oro,
contemplaré el universo hecho de Hari y rodaré sin cesar por el sendero de la devoción?
(Ay) ¿Cuándo se irán mi dharma y mi karma, cuándo el orgullo de casta y de linaje,
cuándo se irán el miedo, la preocupación y la vergüenza, y abandonaré el orgullo y las costumbres del mundo?
Untando todo mi cuerpo con el polvo de los pies de los devotos, con la bolsa del eterno desapego al hombro,
beberé el agua del amor, recogiéndola con ambas manos, puñado tras puñado, del Yamuna del amor.
Enloquecido de amor, reiré y lloraré, flotaré en el océano de Satchidananda;
yo mismo embriagado, embriagaré a todos, y por siempre me deleitaré en los pies de Hari.