Volumen I · Sección XII
Capítulo 1
19 de octubre de 1884
Nueva visita al Brahmo Samaj de Sinthi; instrucciones a Vijaykrishna y otros devotos brahmos, y dicha en su compañía
Sri Ramakrishna en el templo del samadhi
Los devotos brahmos se reunieron de nuevo. Era el día siguiente a la Kali Puja, el primer día de la quincena luminosa del mes de Kartik, 19 de octubre de 1884 (domingo 4 de Kartik). Esta vez se celebraba la gran fiesta de otoño. La reunión del Brahmo Samaj volvió a celebrarse en la hermosa casa con jardín de Benimadhav Pal. La adoración de la mañana y los demás ritos ya habían concluido. Sri Sri Paramahamsadeva llegó a las cuatro y media de la tarde. Su coche se detuvo dentro del jardín y, enseguida, los devotos se acercaron en grupos y formaron un círculo a su alrededor. En la primera estancia se había dispuesto la tribuna del Samaj, y delante había una galería. Thakur se sentó en esa galería, y los devotos se sentaron a su alrededor. Estaban presentes Vijay, el señor Trailokya y muchos devotos brahmos. Entre ellos había también un juez subalterno que pertenecía al Brahmo Samaj.
Con motivo de la gran fiesta, la casa del Samaj luce un hermoso colorido. Aquí y allá hay banderas de muchos colores; de trecho en trecho, sobre los tejados o en los vanos de las ventanas, hay ramas y follaje que deleitan la vista y dan la ilusión de hermosos árboles. Delante, en el agua clara del estanque ya mencionado, se refleja el azul profundo del cielo de otoño. A ambos lados de los senderos rojizos del jardín se alzan, como antes, las hileras de árboles frutales y floridos. Hoy los devotos volverán a oír, de labios de Thakur, aquel canto védico: el que un día había brotado de la boca de los rishis arios en forma de Vedas; el que sus doce discípulos, aquellos pescadores iletrados, habían escuchado también de labios de Jesús —el supremo sannyasin bajo una nueva forma, con la vida entera fija en Brahman, afligido por el dolor de los seres humanos, amante de sus devotos, encarnado como devoto, desbordado de amor por Dios—; el que en el campo sagrado había brotado de la boca del Señor Sri Krishna en forma del Bhagavad Gita; aquella voz, grave como el trueno, del guru Satchidananda con figura humana y aspecto de auriga, de cuya boca el humilde y ansioso Gudakesha Kaunteya había bebido el néctar de estas palabras:
Kaviṁ purāṇam anuśāsitāram aṇor aṇīyāṁsam anusmared yaḥ,
sarvasya dhātāram acintyarūpam ādityavarṇaṁ tamasaḥ parastāt.
Prayāṇakāle manasācalena bhaktyā yukto yogabalena caiva,
bhruvor madhye prāṇam āveśya samyak sa taṁ paraṁ puruṣam upaiti divyam.
Yad akṣaraṁ vedavido vadanti viśanti yad yatayo vītarāgāḥ,
yad icchanto brahmacaryaṁ caranti tat te padaṁ saṅgraheṇa pravakṣye.
«Quien, en la hora de la partida, con la mente inmóvil, unido por la devoción y por la fuerza del yoga, y habiendo fijado bien el aliento vital entre las cejas, medite en el Vidente, el Antiguo, el que gobierna, más sutil que lo más sutil, el sostén de todo, de forma inconcebible, resplandeciente como el sol, más allá de la oscuridad, ese alcanza al Purusha supremo y divino.
Lo Imperecedero, que los conocedores de los Vedas proclaman, en el que entran los ascetas libres de pasión, y deseando el cual llevan una vida de dominio de sí mismos, ese estado te lo explicaré brevemente».
Thakur Sri Ramakrishna tomó asiento y, apenas posó la mirada sobre la tribuna del Samaj, tan bellamente dispuesta, inclinó la cabeza en reverencia.
Desde esa tribuna se habla de Dios; por eso ve aquel recinto como tierra santa. Ve que allí se habla del Imperecedero y que, por eso, todos los lugares santos se han reunido allí. Así como, al ver un tribunal, vienen a la memoria los pleitos y el juez, al ver aquel lugar donde se habla del Señor, se ha despertado en él el recuerdo de Dios.
El señor Trailokya canta. Sri Ramakrishna dijo:
SRI RAMAKRISHNA — Oye, esa canción, «Hazme enloquecer, Madre», la cantas muy bien; cántala, por favor.
Él canta:
Hazme enloquecer, Madre (Brahmamayi)
Mientras escuchaba el canto, Sri Ramakrishna cambió de estado. De pronto quedó sumido en samadhi: «Dejando de lado el mahat, abandonando los veinticuatro principios, contempla en sí mismo el Principio que está más allá de todos los principios». Los órganos de acción, los sentidos, la mente, el intelecto, el ego: todo parecía haberse borrado. Solo el cuerpo permanecía, como una figura pintada. Un día, al ver un estado semejante en el Señor de los Pandavas, los Pandavas, con Yudhishthira a la cabeza y el corazón entregado a Sri Krishna, habían llorado. Entonces Bhishmadeva, gloria de la estirpe aria, yacía en el lecho de flechas y, en su hora final, estaba absorto en la meditación de Dios. La guerra de Kurukshetra acababa de terminar; era un día en que se lloraba con facilidad. Los Pandavas, sin poder comprender este estado de samadhi de Sri Krishna, habían llorado; habían pensado que quizá había abandonado el cuerpo.