Volumen I · Sección I
Capítulo 3
Marzo de 1882
অখণ্ডমণ্ডলাকারং ব্যাপ্তং যেন চরাচরম্ ৷
তৎপদং দর্শিতং যেন তস্মৈ শ্রীগুরবে নমঃ ৷৷
Saludo al venerable guru que ha revelado a Aquel que, como un todo indivisible, impregna todo lo móvil y lo inmóvil.
[Vishveshwara Tantra 2]
Segunda visita y conversación entre el guru y el discípulo
La segunda visita es a las ocho de la mañana. Thakur va a afeitarse. Todavía hace un poco de frío, así que lleva un chal de moleskin orlado con tela roja de algodón. Al ver a M., le dijo:
SRI RAMAKRISHNA — ¿Has venido? Bien, siéntate aquí.
Esta conversación tuvo lugar en la veranda del sudeste. El barbero ya estaba allí. En esa veranda, Thakur se sentó para que lo afeitaran y empezó a conversar de vez en cuando con M. Llevaba aquel chal y unas chinelas, y tenía el rostro sonriente. Al hablar, tartamudeaba un poco.
SRI RAMAKRISHNA (a M.) — A ver, ¿dónde está tu casa?
M. — En Calcuta, señor.
SRI RAMAKRISHNA — ¿A qué casa has venido por aquí?
M. — He venido a Baranagar, a casa de mi hermana mayor. A casa de Ishan Kaviraj.
SRI RAMAKRISHNA — ¡Ah, la casa de Ishan!
Sri Keshab Chandra Sen y el llanto de Thakur ante la Madre
SRI RAMAKRISHNA — A ver, ¿cómo está Keshab? Estuvo muy enfermo.
M. — Yo también lo oí; ahora creo que está bien.
SRI RAMAKRISHNA — Yo, por Keshab, le hice a la Madre la promesa de ofrecerle coco verde y azúcar. Me despertaba de madrugada y lloraba ante la Madre; le decía: «Madre, cura la enfermedad de Keshab. Si Keshab no está, cuando yo vaya a Calcuta, ¿con quién hablaré?». Por eso le prometí el coco verde y el azúcar.
»A ver, ¿es verdad que ha venido un tal señor Cook? ¿Dicen que da conferencias? Keshab me llevó a bordo de un vapor, y allí también estaba el señor Cook.
M. — Sí, algo así había oído, pero no escuché su conferencia. No sé mucho de él.
Deberes del hombre de familia y del padre
SRI RAMAKRISHNA — Vino el hermano de Pratap. Estuvo aquí unos días. No tiene trabajo. Dice: «Me quedaré aquí». Me enteré de que ha dejado a su mujer y a sus hijos en casa de los suegros. Tiene muchos chiquillos. Lo regañé: «Mira tú, has tenido hijos; ¿acaso la gente de otro barrio vendrá a darles de comer y a criarlos? ¿No te da vergüenza que otro mantenga a tu mujer y a tus hijos y que tú los hayas dejado abandonados en casa de los suegros?». Lo regañé mucho y le dije que buscara trabajo. Solo entonces quiere irse de aquí.