Kathamrita

Volumen I, apéndice II, capítulo 1I · Ap II · Cap. 1

Tamaño 100%

Interlineado 1,60

Volumen I · Apéndice II

Capítulo 1


Otoño de 1881

Sri Ramakrishna con Ashvinikumar y otros devotos

Keshab Sen (1881), el difunto Debendra Tagore, Achalananda, Shivanath, Hriday, Narendra, Girish

Querido hermano M.:

El día de Kojagar Purnima1 recibí el cuarto volumen de Sri Sri Ramakrishna Kathamrita que me enviaste y hoy, segundo día lunar, lo he terminado. ¡Bendito seas! ¡Cuánto néctar has esparcido por el país! * * En fin, hace mucho tiempo me habías preguntado qué conversación había tenido yo con Thakur. Voy a intentar contártelo. Pero yo no he venido al mundo con la suerte de M., que anota con total exactitud el día, la fecha, el instante de cada visita a los santos pies y todas las palabras que brotaron de su boca sagrada. Escribiré lo que recuerde; quizá cuente como de un día lo que fue de otro. ¡Y cuánto he olvidado!

Creo que la primera visita fue durante las vacaciones de otoño de 1881. Ese día se esperaba la llegada de Keshab Babu. Fui a Dakshineswar en barca y, al subir desde el ghat, le pregunté a alguien: «¿Dónde está el paramahamsa?». Él me señaló a un hombre recostado contra un almohadón en la galería del lado norte y dijo: «Ese es el paramahamsa». Al verlo vestido con un paño de borde negro y apoyado en un almohadón, pensé: «¿Qué clase de paramahamsa es este?». Pero me fijé en que tenía las dos piernas levantadas, las rodeaba con los dos brazos y estaba medio recostado contra el almohadón. Pensé: «Este hombre no tiene costumbre de recostarse en almohadones como los señores; así que probablemente sea él el paramahamsa». Muy cerca del almohadón, a su derecha, estaba sentado un señor. Oí que se llamaba Rajendra Mitra, el que había llegado a ser secretario adjunto del Gobierno de Bengala. Más a la derecha había algunos hombres más sentados. Poco después le dijo a Rajendra Babu: «Mira a ver si viene Keshab». Uno se adelantó un poco, volvió y dijo: «No». Al oír de nuevo un ruido, dijo: «Mira, vuelve a mirar». Esta vez también fue otro a ver y volvió diciendo: «No». Entonces el Paramahamsadeva dijo riendo: «Cae hoja sobre hoja, y Radha dice: “¡Ahí viene, seguro, el Señor de mi vida!”. ¡Mira, Keshab siempre ha sido así! Viene, viene, y no viene». Un rato después, cuando ya casi anochecía, Keshab llegó con su comitiva.

Apenas llegó, se postró hasta el suelo para saludarlo. Él hizo exactamente lo mismo y, un poco después, levantó la cabeza. Estaba en samadhi y decía: «Te has traído a toda la gente de Calcuta, ¡y yo tengo que dar una conferencia! Pues no podré, no podré. Si hay que darla, dala tú. ¡Yo no puedo con esas cosas!».

En ese estado, con una sonrisa divina, dice: «Yo comeré, beberé y me alojaré en tu casa; yo comeré, dormiré y haré mis necesidades en tu casa. ¡Pero eso otro no podré hacerlo!». Keshab Babu lo mira y se va llenando de emoción; de vez en cuando, desbordado por la emoción, exclama: «¡Ah! ¡Ah!».

Yo, al ver el estado de Thakur, pienso: «¿Qué teatrillo es este?». Nunca he visto algo así; y ya sabes qué clase de creyente soy.

Al salir del samadhi le dijo a Keshab Babu: «Keshab, un día fui a tu casa y te oí decir: “Me sumergiré en el río de la devoción y caeré en el océano de Satchidananda”. Entonces miré hacia arriba (donde estaban sentadas la esposa de Keshab y otras mujeres) y pensé: ¿qué será de ellas? Ustedes son jefes de familia, ¿cómo van a caer de una vez en el océano de Satchidananda? Es como la mangosta con el ladrillo atado detrás: ante el menor ruido sube y se sienta en el nicho de la pared, pero ¿cómo va a quedarse allí? El ladrillo tira de ella y cae de golpe. También ustedes pueden meditar un poco, pero ese ladrillo de la esposa y los hijos tira de ustedes y los hace bajar otra vez. Se sumergen una vez en el río de la devoción y vuelven a subir, se sumergen otra vez y vuelven a subir. Así va la cosa. ¿Cómo van a hundirse del todo?».

Keshab Babu dijo: «¿No es posible para un jefe de familia? ¿Y el Maharshi Debendranath Tagore?».

El Paramahamsadeva repitió dos o tres veces «Debendranath Tagore, Debendra, Debendra», hizo varias reverencias en su dirección y luego dijo: «Sabes, en casa de uno se celebraba el culto de Durga y se sacrificaban cabras de la mañana a la noche. Pasados unos años, ya no había aquel estruendo de sacrificios. Uno le preguntó: “Señor, ¿cómo es que hoy no hay en su casa tanto alboroto de sacrificios?”. Y él respondió: “¡Ay! Es que ahora se me han caído los dientes”. Debendra también practica ahora la meditación y la concentración; claro que lo hará. Pero es un gran hombre.

»Mira, mientras dura la maya, el hombre es como un coco verde. Mientras el coco está verde, si intentas sacarle la pulpa, siempre te llevas un poco de la cáscara. Y cuando la ilusión se acaba, se vuelve un coco seco. La pulpa y la cáscara se separan, y entonces la pulpa suena dentro, ¡tolondrón, tolondrón! El alma queda por un lado y el cuerpo por otro. Ya no hay unión con el cuerpo.

»Ese «yo» es lo que más estorba. ¿Es que ese granuja de «yo» no se va a ir nunca? En esta casa en ruinas ha brotado un árbol ashvattha; lo arrancas y cavas, y al día siguiente mira: ha salido un brote. Ese «yo» es igual. Lava siete veces el cuenco donde hubo cebolla: ¿es que ese granuja de olor no se irá de ninguna manera?».

Mientras hablaba de estas cosas, le dijo a Keshab Babu: «Oye, Keshab, ¿es verdad que esos señores de ustedes de Calcuta dicen que Dios no existe? El señor sube por la escalera, pone un pie, pone el otro, y: “¡Ay! ¿Qué me ha pasado en el costado?”, y se desmaya. ¡Llama, llama, llama al médico! Y para cuando llega el médico, ya se ha acabado todo. ¡Ah! Y estos dicen que Dios no existe».

Una hora u hora y media después empezó el canto devocional2. Lo que vi entonces creo que no lo olvidaré ni de vida en vida. Todos se pusieron a bailar; vi bailar también a Keshab. En medio estaba Thakur, y todos los demás bailaban alrededor de Él. Bailando, bailando, se quedó de pronto inmóvil, en samadhi. Pasó mucho rato así. Al oírlo y verlo, comprendí: «Este es, en verdad, un paramahamsa».

Otro día, creo que en 1883, fui con algunos jóvenes de Srirampur. Al verlos ese día, dijo: «¿Para qué han venido estos?».

ASHVINIKUMAR — Para verlo a usted.

THAKUR — ¿Verme a mí? ¿Y qué van a ver? ¿No podrían ver edificios y cosas así?

ASHVINIKUMAR — No han venido a ver eso, han venido a verlo a usted.

THAKUR — Entonces estos serán pedernales. Dentro llevan fuego. Aunque los dejes mil años en el agua, en cuanto los golpees saldrá fuego. Estos serán de esa clase de seres. Y a nosotros, ¿por qué no nos sale fuego cuando nos golpean?

Al oír estas últimas palabras nos reímos. No recuerdo con exactitud qué otras cosas se dijeron ese día. Pero creo que también se habló de que el olor del «yo» no se va y de la renuncia a la lujuria y la codicia.

Otro día fui a verlo. Me postré y me senté, y dijo: «Eso que, al quitarle el corcho, hace ¡fus, fus!, un poco ácido y un poco dulce, ¿puedes traerme uno?». Yo dije: «¿Limonada?». Thakur dijo: «¿Por qué no la traes?». Creo que traje una. Ese día, hasta donde recuerdo, no había nadie más. Le hice algunas preguntas:

ASHVINIKUMAR — ¿Hace usted distinciones de casta?

THAKUR — ¿Qué distinción queda ya? He comido un guiso en casa de Keshab Sen, pero te cuento lo que pasó un día. Vino un hombre de larga barba trayendo hielo, y no me apeteció comerlo; un poco después otro fue a buscar hielo del mismo hombre y lo trajo, y lo mastiqué, ¡crac, crac!, y me lo comí. Sabes, la distinción de casta se cae sola. Como las ramas secas del cocotero y de la palmera, que al crecer el árbol se desprenden solas. Así se cae la casta. No la arranques a tirones, como esos granujas.

ASHVINIKUMAR — ¿Qué clase de hombre es Keshab Babu?

THAKUR — Oye, es un hombre divino.

ASHVINIKUMAR — ¿Y Trailokya Babu?

THAKUR — Buen hombre, canta de maravilla.

ASHVINIKUMAR — ¿Shivanath Babu?

THAKUR — * * Buen hombre, ¡pero discute!

ASHVINIKUMAR — ¿Qué diferencia hay entre hindúes y brahmos?

THAKUR — ¿Qué diferencia va a haber? Aquí suena el conjunto musical: uno mantiene una nota continua con el oboe y otro, sobre esa nota, teje toda clase de adornos: «Mi Radha está enfadada» y cosas así. Los brahmos se quedan sosteniendo la nota de lo sin forma. Y los hindúes tejen los adornos.

«Agua y hielo: sin forma y con forma. Lo que es agua, con el frío se vuelve hielo; con el calor del conocimiento el hielo se vuelve agua; con la escarcha de la devoción el agua se vuelve hielo.

»Es la misma cosa, y cada uno le da un nombre. Como un estanque con cuatro ghats alrededor. La gente de este ghat toma agua; si les preguntas, dirán «jal». Los que la toman en aquel ghat dirán «pani». En otro ghat, «water»; en otro, «aqua»; y el agua es una sola».

Cuando le dije que en Barisal me había encontrado con Achalananda Tirthavadhuta, dijo: «¿Ese Ramkumar de Kotrang?». Dije: «Sí, señor».

THAKUR — ¿Qué te pareció?

ASHVINIKUMAR — Me gustó mucho.

THAKUR — A ver, ¿es mejor él o soy mejor yo?

ASHVINIKUMAR — ¿Cómo se le puede comparar con usted? Él es un pandit, un hombre erudito, y usted, ¿acaso es un pandit, un jnani?

Al oír la respuesta se quedó un poco asombrado y callado. Uno o dos minutos después le dije: «Él será un pandit, pero usted es un hombre divertido. En su manera de obrar hay mucha gracia».

Entonces dijo riendo: «Bien dicho, has dicho bien».

Me preguntó: «¿Has visto mi Panchavati?». Dije: «Sí, señor». Me contó también algo de lo que hacía allí. Yo pregunté: «¿Cómo se Lo alcanza?».

THAKUR — Oye, Él nos atrae sin cesar, como el imán atrae al hierro. Mientras el hierro tenga barro pegado, no puede pegarse al imán. Llorando, llorando, el barro se va lavando, y entonces, ¡zas!, se pega.

Yo iba anotando las palabras de Thakur mientras las oía, y dijo: «Mira, no basta con decir “cáñamo, cáñamo”. Trae el cáñamo, muélelo, bébelo». * * Después me dijo: «Ustedes van a vivir en el mundo; pues vivan con una borrachera color de rosa. Hacen su trabajo y, sin embargo, la embriaguez sigue ahí. Ustedes no pueden ser como Shukadeva, que de tanto embriagarse se quedaba tirado por ahí, desnudo.

»Si vas a vivir en el mundo, escribe un poder notarial, entrégale ese poder. Él hará lo que haya que hacer. Tú vive como la criada de una casa rica. Cuánto cariño les da a los hijos del señor, los baña, los lava, les da de comer como si fueran suyos; pero en su interior sabe: «Este no es mío». En cuanto la despiden, ¡ya está!, no queda ninguna relación.

»Como para comer una yaca hay que untarse las manos de aceite, así también úntate ese aceite, y ya no te enredarás en el mundo, no te mancharás».

Hasta entonces hablábamos sentados en el suelo; luego subió al catre y se acostó a lo largo. Me dijo: «Abanícame». Me puse a abanicarlo. Se quedó callado. Un rato después dijo: «Qué calor, oye; moja un poco el abanico en agua». Yo dije: «Veo que todavía le queda afición a las comodidades». Dijo riendo: «¿Por qué no? ¿Cómo no voy a tenerla?». Yo dije: «Entonces que se quede, que se quede, que se quede mucho». La dicha que sentí ese día sentado a su lado no se puede contar.

La última vez, la que mencionas en el tercer volumen, había llevado al director de mi escuela. Fue inmediatamente después de que él aprobara el B. A. Y hace poco, justamente, se ha encontrado contigo.

Al verlo dijo: «¿Dónde has encontrado a este otro? Es un tipo estupendo.

»Oye, tú eres abogado. ¡Uf, qué inteligencia! ¿Puedes darme un poco de inteligencia a mí? Tu padre estuvo aquí el otro día, se quedó tres días».

Yo pregunté: «¿Qué le pareció?».

Dijo: «Buen hombre, pero de vez en cuando quítale esos disparates».

Sonrió un poco. Yo dije: «Cuéntenos algunas cosas». Dijo: «¿Conoces a Hriday?». (Hriday Mukhopadhyay.)

Dije: «¿Su sobrino? No tengo trato con él».

THAKUR — Hriday decía: «¡Tío, no sueltes de una vez todos tus estribillos! ¿Por qué dices cada vez las mismas palabras?». Yo le decía: «¿Y a ti qué te importa, granuja? Mis palabras las diré cien mil veces, ¿y a ti qué?».

Yo dije riendo: «Es verdad, claro».

Un momento después se sentó y, repitiendo «Om, Om», empezó a cantar:

Sumérgete, sumérgete, sumérgete en el mar de la Belleza, oh mi mente.

Después de cantar uno o dos versos, diciendo «sumérgete, sumérgete», se sumergió.

Salió del samadhi y se puso a pasear. Iba tirando con las dos manos del dhoti que llevaba hasta subírselo por encima de la cintura; por un lado, un buen trozo arrastraba por el suelo; por el otro, otro trozo quedaba colgando. Mi compañero y yo nos pellizcábamos y decíamos en voz baja: «¡Qué bien puesto lleva el dhoti!». Poco después dijo: «¡Al diablo con este dhoti!», y lo tiró. Y así, desnudo, siguió paseando. Desde el lado norte nos trajo la sombrilla y el bastón de alguien y preguntó: «¿Son de ustedes esta sombrilla y este bastón?». Dije: «No». Enseguida dijo: «Ya lo había notado, no son de ustedes. Yo, con solo ver la sombrilla y el bastón, conozco al hombre. Seguro que son de aquel que, haciendo ¡jau, mau!, se tragó un montón de cosas».

Un rato después se sentó, todavía así, al lado norte de la cama, mirando al oeste. Nada más sentarse me preguntó: «Oye, ¿me tomas por un maleducado?».

ASHVINIKUMAR — No, usted es muy educado. ¿Por qué lo pregunta ahora?

THAKUR — Pues Shivanath y los de su estilo me toman por maleducado. Dicen que por lo menos hay que sentarse envuelto en un dhoti o algo así. ¿Conoces a Girish Ghosh?

ASHVINIKUMAR — ¿Qué Girish Ghosh? ¿El que hace teatro?

THAKUR — Sí.

ASHVINIKUMAR — Nunca lo he visto, solo conozco el nombre.

THAKUR — Buen hombre.

ASHVINIKUMAR — He oído que bebe, ¿es cierto?

THAKUR — Que beba, que beba, ¿hasta cuándo va a beber?

Dijo: «¿Conoces a Narendra?».

ASHVINIKUMAR — No, señor.

THAKUR — Tengo muchas ganas de que lo conozcas. Ha aprobado el B. A. y no se ha casado.

ASHVINIKUMAR — Como usted mande, lo conoceré.

THAKUR — Hoy habrá kirtan en casa de Ram Datta; allí se verán. Ve allí al anochecer.

ASHVINIKUMAR — Como usted mande.

THAKUR — ¿Irás, entonces? Pero ve.

ASHVINIKUMAR — Si usted lo ha ordenado, ¿cómo no voy a obedecer? Iré sin falta.

Me enseñó algunos cuadros de la habitación y luego me preguntó: «¿Se consiguen retratos de Buda?».

ASHVINIKUMAR — He oído que se consiguen.

THAKUR — Tráeme uno de esos retratos.

ASHVINIKUMAR — Como usted mande; cuando venga la próxima vez, lo traeré.

¡Ya no volví a verlo! No he tenido la suerte de sentarme de nuevo a sus santos pies.

Aquella tarde, al anochecer, fui a casa de Ram Babu. Me encontré con Narendra. Thakur estaba sentado en una habitación, apoyado en un almohadón; Narendra, a su derecha; yo, delante. Le dijo a Narendra que hablara conmigo.

Narendra dijo: «Hoy me duele mucho la cabeza. No tengo ganas de hablar». Yo dije: «No importa, otro día nos conoceremos».

Ese encuentro tiene lugar en mayo o junio de 1897, en Almora.

El deseo de Thakur tenía que cumplirse, y se cumplió doce años después. ¡Ah, qué felices habían sido aquellos días en Almora con Swami Vivekananda! A veces en su casa, a veces en la mía, y otro día, a solas con él, en la cima de una montaña. Y después no he vuelto a verlo. Aquel encuentro se dio solo para cumplir el deseo de Thakur.

También con Thakur solo tuve cuatro o cinco días de trato, pero en tan poco tiempo había llegado a parecerme alguien con quien hubiera estudiado en la misma clase. ¡Y con qué descaro le hablaba! Pero en cuanto me apartaba de su presencia pensaba: «¡Ay, padre mío! ¿Junto a quién estuve?». Lo que he visto y he recibido en esos pocos días ha endulzado mi vida entera. Esa sonrisa que derramaba néctar divino la he guardado con cuidado en mi baúl. ¡Es el tesoro inagotable de quien no tiene nada! Y al pensar que con las gotas de néctar caídas de esa sonrisa hasta América se está llenando de néctar:

Hṛṣyāmi ca muhur muhuḥ, hṛṣyāmi ca punaḥ punaḥ.

Me regocijo una y otra vez, me regocijo de nuevo, una y otra vez.

Si esto es así para mí, entiende ahora qué afortunado eres tú.

Sri Sri Ramakrishna Kathamrita ~ Parte segunda ~ Primer volumen

Notas


  1. El día de luna llena de la Lakshmi Puja.↩︎

  2. Canto comunitario de himnos.↩︎